Absurdos logros
Mi amiga me presentaba la disociación como un logro. Desde su divorcio, muchos fueron quienes le insistieron en que a nadie le amarga un dulce y que, a ver, qué hay de malo en un buen rato y que, total, mejor subirse al tren. Y mi amiga emprendió, animada por estos consejos, una tortuosa expedición interior que le permitiera, finalmente, acostarse con un hombre sin esperar un futuro y hacerlo sin ahogarse en la culpa.
Parece que lo ha conseguido. Pero, escuchándola, te das cuenta de que en su determinación titánica subyace el antiguo ideal. El plan de una noche es admisible por causa de fuerza mayor. Y, aún así, la vocecita que le dice que quizás interpretó mal los signos, que la advierte de que él no ha vuelto a llamar porque ya consiguió lo que quería, continua haciéndose oír. Esa misma voz le susurra que por fin es moderna y sin culpa pero que por eso continuará, hasta el fin, sola.
Cuando el precio de un logro es tan alto, ¿estamos de verdad ante un logro?
Mi amiga me recuerda a Rosa, la clienta de Un hombre de pago: ¿somos realmente tan capaces de separar cuerpo y sentimiento? ¿Lo seremos algún día? ¿Funciona? A la cita de Ana Teresa Torres me remito:
"No sé bien por qué algo nos empuja al amor, cuando más bien el amor nos deshace, tremendo naufragio del que no aprendemos a alejarnos, y no sé qué se resiste, cuando queremos apartarnos". TORRES, A. T. Malena de cinco mundos (gracias por la pista, Martín).

