El reto para quienes trabajamos en Internet va más allá de estar al día de las diferentes plataformas y aplicaciones que de forma constante irrumpen en el panorama digital. Debemos entender de qué forma su uso altera la realidad a la que estamos habituados y, por tanto, cómo debemos ajustar nuestras estrategias. De ahí la necesidad de libros como el que aquí reseño, donde lo importante no son las especificaciones sino las implicaciones.
“El poder del nuevo desorden digital” es el subtítulo de Todo es misceláneo, obra de David Weinberg, uno de los firmantes del Cluetrain Manifesto.
El libro en cuatro claves
1. Cada vez existe más información. 2. Ésta ya no se organiza de un único modo. 3. Son los usuarios quienes cogeneran contenidos al clasificarlos. 4. Estos cambios afectan al “monopolio del mensaje”.
Estos cuatro factores nos permiten entender, por ejemplo, por qué hoy el concepto tradicional de “segmento de mercado” ya no funciona, por qué la reputación personal y corporativa es distribuida o a qué obedece el auge de las redes sociales.
Reseña
El libro parte del análisis de cómo se organiza la información en el espacio físico: “los objetos físicos pueden estar sólo en un determinado lugar en un determinado momento” (5). Sin embargo, al pasar del átomo al bit, el conocimiento supera esa limitación física. En este nuevo entorno, “debemos abandonar la idea de que existe sólo “una manera correcta” de organizar el mundo” (9).
El autor repasa la génesis y las limitaciones de las taxonomías más populares y, aparentemente, imbatibles: desde la clasificación de las especies que llevó a cabo Darwin hasta el código de barras, incluyendo el sistema decimal Dewey que emplean los bibliotecarios (a quienes, por cierto, dedica el libro). En este caso, Weinberg ilustra la diferencia analógica-digital contrastando el funcionamiento de una biblioteca (un espacio posible para cada libro) con el de Amazon.com, donde un libro puede aparecer en múltiples categorías en función, entre otras cosas, de las reseñas publicadas por los usuarios.
Weinberg concluye que en la sociedad digital, donde una información puede “aparecer” en distintos sitios a la vez, es ineficiente pensar en una clasificación universal dirigida por un solo individuo /institución. Nadie da ya al abasto. El corolario de esta realidad es que las personas o instituciones “filtro”, que deciden qué se clasifica y dónde, qué se comunica y cómo, están en declive.
Contexto y etiquetas
Sin embargo, el ser humano continua necesitando de un contexto para las informaciones que genera / recibe, con el fin de que éstas tengan sentido para él. Éste se lo proporciona una “nueva taxonomía” que, en Internet, realizamos de forma colectiva mediante las etiquetas (tags).
Las etiquetas son las categorías que cada usuario crea a su conveniencia para clasificar los contenidos de los posts de su blog, sus fotos en Flickr o sus links en del.icio.us. Estos tags contribuyen a la indexación colectiva de los contenidos que hemos generado y permiten que sean encontrados por otros usuarios. Porque hoy el conocimiento no se encuentra ni en el individuo ni en las masas: se encuentra en el grupo. Así sucede, por ejemplo, con la enciclopedia colaborativa Neus Arqués